Hay sitios que parecen suspendidos entre dos mundos. Dakhla es uno de ellos. Al sur del Trópico de Cáncer, en la costa más austral del Reino de Marruecos, la península se asoma al Atlántico como un dedo de arena rodeado de agua. Por un lado, la inmensidad del Sáhara Occidental. Por el otro, el océano abierto.
El viento del este — el aliseo — sopla constante trescientos días al año. La temperatura del agua oscila entre los dieciocho y los veintidós grados. La pluviosidad anual es de cuarenta y siete milímetros. El cielo es uno de los más oscuros del hemisferio norte, y la Vía Láctea se ve a simple vista.
Esta dualidad — ser a la vez mirador y paisaje — define todo el proyecto. Cada decisión arquitectónica, cada material, cada hora del servicio responde a ella.